¿Qué puede ser más cercano a la definición
de economía que una transacción? Por ejemplo, que me ofrezcan una fruta en el
supermercado y yo, con algo de dinero a cambio, pague por disfrutarla. Que el
almacén me convide y yo, por gusto o necesidad, termine accediendo a su
propuesta. De eso se trata. De oferta y demanda. De vender y comprar. De
conseguir algo a cambio por lo que tengo en mi bolsillo. O como sucedió hace
unas buenas décadas, con el trueque, de poder canjear un bien de mi propiedad
por un servicio o posesión de otra persona que lo está ofreciendo.
La economía la practicamos a diario. Cuando
pagamos el pasaje del bus, le ponemos gasolina al carro, compramos las
fotocopias en la universidad o pagamos los dulces y cigarrillos que, algunos,
vendemos e invertimos en alcohol. Eso es la economía. Muchos se imaginan
eternos números con millones de ceros, fórmulas indescifrables y que sólo
entienden, para efectos prácticos, quienes conocen a fondo el tema: los
economistas. Pero, aunque eso es solo un capítulo del extenso mar de usos que
puede tener, es un término que se convierte a la práctica cuando lo vivimos
todos los días casi desde el momento en que abrimos nuestros ojos.
El Banco de la República y el Ministerio de
Hacienda dicen que la macroeconomía en Colombia va bien. Se refieren a las
cuentas, como las que yo llevo para pagar el bus o la gasolina, de la Nación.
Las grandes. De los colombianos en general. Del dinero que se recauda por los
impuestos, de lo que se vende en las exportaciones, de los pesos que
necesitamos para comprar un dólar o de la cantidad de billetes y monedas
necesarias para pagar el arriendo y el diario. Dicen que no va tan bien como en
años anteriores, pero lo que sí recalcan es que va mejor que otros países de la
región. Que el crecimiento de la economía en general será del 4% en el segundo
semestre de este año, mucho mejor de lo que reportó el Departamento Nacional de
Estadística, Dane, en el primer semestre de 2013.
La microeconomía, como dirían las raíces de
las palabras, está enfocada en lo más pequeño. Y esa, en parte, es la que en
este momento tiene dividido al país. Los campesinos y pequeños productores, que
ganan, de acuerdo con estudios de centros de pensamiento como Fedesarrollo,
escasamente lo justo por vender sus productos en las plazas de mercado o en los
pequeños comercios, sienten que sus cuentas, el dinero que reciben por lo que
venden, no les alcanza para pagar los gastos fijos que tienen, como la renta de
la tierra, el valor de las semillas, el costo de los fertilizantes, el
transporte y la comercialización. Todas, en últimas, una serie de transacciones
de oferta y demanda.
Y usted, como estudiante o recién graduado
de la universidad, ¿qué tiene que ver con todo esto? La respuesta es sencilla.
Usted, como el ministro de Hacienda, los empleados del Banco de la República,
los campesinos o comerciantes, también lleva dinero en su bolsillo, compra
bienes y servicios y ejerce, la básica de la oferta y la demanda. Así que
recuerde que cada vez que lleva su mano a la cartera, está aportando a la
economía de Colombia.
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